
DESNUDA se sentía igual
que un pez en el agua,
vestirla era peor
que almortajarla.
Me enseñó varias cosas:
a querer a mi cuerpo,
a jugarme la vida
y a mirar a la cara.
No quise detenerla,
¿de qué hubiera servido
deshacer las maletas
del olvido?
Pero no sé qué diera
por tenerla ahora mismo
mirando por encima
del hombro lo que escribo.
Con ella descubrí que hay amores eternos
que duran lo que dura un corto invierno.
J. Sabina

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